En los últimos 50 años, el cambio de hábitos que ha experimentado la sociedad occidental ha reducido la duración media del sueño, circunstancia que amenaza su calidad y provoca incidencias relativamente altas de fatiga, cansancio y somnolencia. Dormimos menos y peor que nuestros abuelos: esta falta de sueño es, pues, perjudicial, como lo es su exceso, y en ambos casos se asocia con enfermedades como la diabetes, la hipertensión, trastornos respiratorios u obesidad.

Además, es posible que las horas de sueño tengan una influencia directa sobre la salud cardiovascular. Con la finalidad de estudiar esta hipótesis, un estudio publicado en el European Health Journal valoró la relación entre la duración del sueño y la incidencia de las enfermedades coronarias y cardiovasculares y de los accidentes cerebrovasculares, así como de la mortalidad por estas causas.

A través de la revisión de 15 publicaciones y artículos prospectivos sobre el tema, con seguimientos de 7 a 25 años, los investigadores constataron que el sueño excesivamente breve incrementa el riesgo de padecer  enfermedades coronarias o accidentes cerebrovasculares y de fallecer por ese motivo, si bien el riesgo de enfermedades cardiovasculares no aumenta en general. Dormir poco se ha vinculado asimismo con un aumento del riesgo y de la incidencia de hipertensión, diabetes, calcificación de las arterias coronarias, obesidad y colesterol, todos ellos factores de riesgo cardiovascular.

El sueño demasiado largo se asoció asimismo con un incremento del riesgo de enfermedades coronarias, accidentes cerebrovasculares y, en este caso sí, de enfermedades cardiovasculares.

Los mecanismos que sustentan estas asociaciones no están del todo claros, pero en lo que concierne al sueño  de escasa duración existen indicios de cambios recíprocos en los niveles de leptina y grelina en circulación –efecto que incrementaría el apetito y la ingesta calórica y reduciría el gasto energético, con el consiguiente riesgo de obesidad y de intolerancia a la glucosa–, elevación de los niveles de cortisol, alteración de los niveles de somatotropina (hormona del crecimiento) e inflamación generalizada de bajo grado, con implicaciones en otros trastornos crónicos.

En lo que concierne al sueño excesivo, ningún estudio ha demostrado aún el posible mecanismo de relación con las enfermedades cardiovasculares. Es probable que la presencia de síntomas depresivos, el bajo nivel de actividad física o la concurrencia de enfermedades no diagnosticadas que se observa en los pacientes que duermen más de lo habitual interfieran o generen confusión en esta relación, con lo que la mayor duración del sueño no sería la causante directa de las futuras enfermedades cardiovasculares, sino más bien un indicador de su riesgo.

En conclusión, la duración del sueño, sobre todo si es inferior a la recomendada de 6 a 8 horas diarias, está estrechamente relacionada con efectos sobre el aparato circulatorio, por lo que las personas afectadas constituyen un grupo de riesgo de morbilidad y mortalidad cardiovascular. Dormir demasiado también supone un factor de riesgo cardiovascular.

 

Francesco P. Cappuccio, Daniel Cooper, Lanfranco D’Elia, Pasquale Strazzullo, Michelle A. Miller; Sleep duration predicts cardiovascular outcomes: a systematic review and meta-analysis of prospective studies, European Heart Journal, Volume 32, Issue 12, 1 June 2011, Pages 1484–1492, https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehr007